jueves, 13 de septiembre de 2018

Vidas cruzadas (24)

Las 21:00.
José Luis conduce con cuidado hasta el hospital mientras se lamenta de su despiste que le hará perderse una hora con su hija y una hora de descanso tras un turno de guardia duro. Cuando llega al hospital, se dirige sin perder tiempo a la oficina y rellena, por fin, el Certificado de defunción del hombre. Tiene que preguntar a qué hora fue el óbito, ya que no se acuerda con precisión, para que no haya errores en el documento. Lo revisa y lo firma.
Tras completar el trámite, sale a la calle para coger el coche y regresar a casa cuanto antes. Nada más salir, se cruza con Juan, el mecánico del taller donde suele llevar el coche a reparar.
–Hombre, Juan. ¿Qué haces por aquí? ¿No vendrás al hospital?
–No, José Luis. Por suerte no tengo que ir al hospital ni de visita. Es que estaba en el bar de la esquina con Antonio, tomando una cerveza.
–¿Tan tarde? Si cerráis a las siete, ¿no?
–Sí, sí. A las siete. Normalmente me voy a casa al cerrar, pero hoy Antonio quería hablar conmigo. No sé si sabrás, pero el taller no va muy bien.
–Vaya, no lo sabía. Lo siento mucho. ¿Y qué te ha dicho? ¿No te irá a despedir? Si eres el mejor mecánico que tiene.
–Pues, la verdad, es que yo ya me había puesto en lo peor. Y cuando me ha dicho a la tarde que al terminar la jornada quería hablar conmigo casi me echo a llorar. He tenido una semana muy mala con este tema, y hoy, esta tarde,… Uf…, no te imaginas lo mal que lo he pasado. Pero resulta que no, que no me despide. Me ha dicho que sabe que estoy muy preocupado y aunque las cosas van mal no se ve capaz de despedirme. Eso sí, me tiene que bajar el sueldo hasta que el negocio vaya mejor.
–Vaya mierda. Bueno, por lo menos mantienes el trabajo. Además, seguro que enseguida mejoran las cosas, y si no, no creo que te cueste encontrar otro taller para trabajar. Eres muy bueno en tu trabajo, y Antonio lo sabe. Seguro que en cuanto pueda te vuelve a subir el sueldo.
–Eso espero. Gracias José Luis, de verdad, te lo agradezco.
Una palmada en el hombro y los dos regresan a sus casas, con sus familias, que les están esperando.
Mientras, en el hospital, el cuerpo del vagabundo queda solo, sin nadie que lo reclame, sin nadie que lo llore.

martes, 11 de septiembre de 2018

Vidas cruzadas (23)

Las 20:00.

José Luis acaba de atender al vagabundo que ha llegado en la ambulancia. A pesar de que ha hecho todo lo que han podido, el hombre acaba de fallecer. José Luis no está afectado por ello. Era un hombre muy mayor, con signos de malnutrición y de alcoholismo. Algo frecuente, por desgracia, entre la gente sin techo, junto a varios problemas mentales. Vivir en la calle es muy duro, y la salud, tanto mental como física, de esas personas siempre es muy precaria.
Por ello, José Luis no piensa mucho en este hombre, uno más que termina así sus días. Lo que más le entristece en estos casos es la soledad con la que estas personas viven sus últimos años de vida. “Tiene que ser duro acabar así”, piensa José Luis mientras se alegra porque él tiene una familia con la que disfrutar de la vida. Acaba de ser padre y no ve el momento de llegar a casa tras un día entero de guardia y coger en brazos a su hijita, que es un cielo de niña.
Por fin, después de cambiarse y recoger sus cosas, sale del hospital. Conduce despacio. Está cansado y es plenamente consciente de los riesgos al conducir. Lo ve a diario en el hospital y no tiene intención de arriesgarse en absoluto por llegar cinco minutos antes a su casa, aunque desearía estar ya allí.
Su reciente paternidad le ha renovado la ilusión por la vida. Él y su mujer están viviendo un sueño tras el que llevaban varios años, y cada día con la niña es un regalo del que disfrutan como nunca hubiesen imaginado.
Al llegar a casa, José Luis coge en brazos a la niña y le da un beso a Carmen, su mujer.
–¿Qué tal ha dio el día, cariño? –le pregunta Carmen mientras le besa.
–Bueno, no me puedo quejar –contesta él–. Ha sido una guardia tranquila. Solo esta tarde hemos tenido un mal trago con un indigente que llegó muy mal por un infarto y ha fallecido.
–Vaya, qué lástima –dice Carmen cogiendo a la niña para que José Luis se pueda cambiar de ropa.
–Bueno. Ya sabes. Son cosas que pasan. Era un hombre muy mayor.
José Luis termina de cambiarse de ropa y prepara el baño de la niña. Es uno de los mejores momentos del día. Le encanta ver cómo disfruta el bebé en el agua.
Cuando ya está con la niña en la bañera, suena el teléfono. Carmen lo coge. Es un recado para José Luis del hospital.
–Sí. Vaya. Bueno, está bien. Ahora voy –dice José Luis con el teléfono en el oído.
–¿Qué pasa? ¿Tienes que marcharte? –Pregunta Carmen preocupada.
–Solo será un momento. Se me ha olvidado firmar el Certificado de defunción de ese hombre.
Así que José Luis se pone una chaqueta, coge las llaves del coche y sale de nuevo para el hospital.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Vidas cruzadas (22)

Las 19:00.
Ernesto está desesperado, llorando en el rincón de Urgencias. Ni se ha fijado en la sombra de la muerte que acompañaba al anciano que ha pasado en la camilla rodeado de médicos preocupados, ni ha visto a Rafa y Alejandro cuando ellos le han mirado al salir.
Una discusión tonta con Lola, su mujer, ha terminado en un accidente de coche en el que ella ha salido la peor parada. Desde que ha entrado en Urgencias y se han llevado a Lola al quirófano, Ernesto está como loco, maldiciendo el despiste que ha tenido, abominando de su mal genio, jurando no volver a enfadarse nunca más con ella, que es lo mejor que le ha pasado en su vida, lo único que tiene.
Todo iba normal. Él había recogido a Lola en la boutique donde ella trabaja y se dirigían hacia casa, como todos los días. El tráfico estaba algo lento, pero nada del otro mundo. Pero Ernesto había salido algo estresado de la oficina y se le estaba terminando la paciencia. A veces le pasa, y entonces se vuelve susceptible. Lo sabe bien, pero le cuesta evitarlo.
Lola, que también estaba cansada de su jornada, había vuelto a sacar el tema de la comida con su madre el fin de semana. Ella sabía que a Ernesto no le apetecía nada ir, pero quería que lo decidieran de una vez para poder confirmar si iban o no. Él se había enrocado en su negativa y ella se estaba enfadando porque no era la primera vez que él buscaba excusas para no comer con su madre y su familia.
Un tono agrio, una conversación que sube de tono, un mal gesto, una mala contestación, un camión mal aparcado, un Ernesto que no está a lo que tiene que estar,… El volantazo final no evita un golpe fuerte y que el coche quede empotrado en el camión justo en el costado de Lola, que se lleva la peor parte.
Los minutos que transcurren con una lentitud desesperante enloquecen a Ernesto hasta que llega una ambulancia y se llevan a Lola, que está inconsciente y con la cabeza llena de sangre.
Ya en el hospital, Ernesto solo puede esperar hasta que, por fin, un médico sale del quirófano y le dice que Lola se recuperará, aunque tal vez le queden algunas secuelas por el fuerte traumatismo que tiene en la cabeza. Ernesto respira más tranquilo y le agradece al médico lo que han hecho por Lola.
El médico habla un poco más con Ernesto antes de regresar al quirófano. Mientras camina por el pasillo del hospital, se cruza con José Luis, el cardiólogo de guardia y uno de sus mejores amigos en el hospital.

martes, 4 de septiembre de 2018

Vidas cruzadas (21)

Las 18:00.

Rafa, el ATS de la ambulancia, grita a Cristina para que se aparte. Siempre igual, cada vez que van a una emergencia tienen que andar con mil ojos para no tener un accidente y empeorar la situación. Cuando se baja de la ambulancia se encuentra con un grupo de personas que le indican que se dé prisa, que hay un hombre mayor, un vagabundo, inconsciente en una esquina.
Por fin, Rafa logra abrirse paso entre la gente y realiza una primera exploración al anciano. Casi no tiene pulso y su temperatura es muy baja. Habla con Alejandro, su compañero de la ambulancia, para preparar el traslado urgente al hospital. La vida del hombre está en grave peligro, tanto que Rafa no cree que llegue a salvarse, la verdad.
Unos minutos después la ambulancia circula entre el tráfico de la ciudad haciéndose notar con las luces y la sirena. No están muy lejos del hospital, a unos diez o tal vez quince minutos, si no hay mucho tráfico. Rafa y Alejandro no piensan mucho en el hombre al que trasladan. Solo estarán con él unos minutos en los que harán todo lo que está en sus manos para que llegue al hospital con las mayores posibilidades de recuperarse, aunque en este caso, como en otros muchos, poco pueden hacer ya.
 Cuando trabajas en una ambulancia estás acostumbrado a esto, y Rafa y Alejandro no sufren por casos así. Es peor cuando tienen que acudir a un accidente con gente joven, o con niños, como el que Alejandro le estaba contando a Rafa antes de recibir este aviso.
–Como te decía –sigue Alejandro con su historia mientras conduce con habilidad–, lo de sábado fue terrible. Llegamos al coche accidentado y nada más parar la ambulancia vimos al niño muerto. No llevaba el cinturón y salió despedido por el cristal del coche. El pobre tenía la cabeza destrozada por el golpe. No tendría más de tres o cuatro añitos. Cada vez que lo recuerdo se me parte el corazón.
–¿Y la madre? –Pregunta Rafa–. ¿También estaba muerta cuando llegasteis?
–No. Ella seguía viva, y lo peor es que estaba consciente. No podía hablar, pero su mirada lo decía todo. Vi en sus ojos que sabía que su hijo estaba muerto. Ella murió algo después, ya en el hospital. Pobre mujer, lo que tuvo que sufrir en esos minutos que vivió sabiendo que había matado a su propio hijo.
Alejandro esquiva a un par de coches mientras toma ya el desvío hacia la entrada a Urgencias del hospital.
–Fue el peor accidente que he tenido que vivir desde que estoy en esto. Nunca me acostumbraré a ver a un niño muerto por un accidente de tráfico porque alguien ha sido tan irresponsable.
Ya en Urgencias, bajan la camilla con el anciano. Llegan un par de médicos que lo recogen, piden algunos datos a Rafa y se lo llevan para ver si pueden salvarle la vida. A primera vista piensan que puede ser un infarto. Es igual. Para Rafa y Alejandro su labor ha terminado. Ellos ya no pueden hacer nada más.
Mientras salen de Urgencias, un escalofrío les recorre el alma al ver a un hombre solo llorando desesperado en una esquina de la Sala de espera.

domingo, 2 de septiembre de 2018

Vidas cruzadas (20)

Las 17:00.
Cuando Inés se marcha de la peluquería, Cristina se queda con una sensación de desasosiego por su amiga. Sabe que ella lo está pasando mal, y sabe también que la cosa no tiene buena pinta para Inés. Tarde o temprano esa aventura llegará a su fin, y no será un final feliz para Inés. A Cristina le gustaría que Inés encontrara otro hombre del que enamorarse, alguien sin ataduras que le correspondiera y con el que poder tener una vida normal juntos. Pero el corazón no atiende a razones y mientras Inés esté colada por Antonio, Cristina no tiene ninguna posibilidad de convencer a su amiga de que rompa con él.
Sí. A Cristina le apena ver sufrir a su amiga, y más ahora, cuando ella misma está pasando por unos de los días más felices de su vida. Solo le quedan dos semanas para su boda con Alberto, el amor de su vida. Después de casi diez años juntos, han decidido casarse, y Cristina vive en una nube mientras termina todos los preparativos para el gran día. Y por ello, cuando está con Inés, le da un cierto reparo mostrarse radiante por su felicidad. Pero a veces le resulta difícil disimular su dicha y el gran momento que está viviendo.
Desde que a su novio Javi le ascendieran en la empresa, hace ahora un año, su relación tomó un nuevo giro al decidirse a comprar un piso. Ambos sabían que el simple hecho de convertirse en propietarios de su propia vivienda afianzaba aún más su noviazgo, y eso les condujo a dar el paso de casarse. Javi fue el que más insistió, pero a Cristina no le costó demasiado dejarse convencer.
Pusieron fecha para el enlace, y a partir de ese día la vida de Cristina fue algo más acelerada que lo normal. Eso era cierto. Pero no era menos cierto que todos los problemas y quebraderos de cabeza relativos a la boda producían a la pareja una excitación que había afianzado hasta un punto que no conocían su relación, ya de por sí muy buena.
Tras marcharse Inés de la peluquería, Cristina barre el suelo y luego aprovecha que tiene un ratito libre para acercarse a la floristería a la que encargó las flores para la boda. A pesar de tener todo más o menos bajo control para el gran día, no puede evitar estar muy nerviosa y se pasa todo el tiempo revisándolo todo. Por eso quiere acercarse a la floristería para hacer unos pequeños cambios en el pedido.
Mientras camina a paso ligero por la calle, Cristina tiene que salirse de la acera poco antes de llegar a la floristería. Hay una muchedumbre invadiendo la acera. No tiene tiempo para detenerse para ver qué está ocurriendo, pero sí que logra ver entre las piernas de la gente que hay una persona mayor tumbada en el suelo mientras dos o tres personas tratan de atenderla. Sea lo que sea, Cristina no puede hacer nada. Rodea con prisa al grupo de gente y tiene que arrimarse casi de un salto hacia la acera para dejar paso a una ambulancia que llega a toda velocidad con el sonido de la sirena retumbando en la calle y que a punto está de atropellarla, pues ella estaba mirando hacia la muchedumbre en vez de estar atenta al tráfico.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Vidas cruzadas (19)

–Yo no estoy bien así. Yo no me conformo con esto. Al principio sí estaba bien, era emocionante y excitante, pero ahora quiero algo más, quiero un compromiso por tu parte, quiero pensar en el futuro. Si me quieres de verdad deberías entenderlo.
Antonio no contesta nada. Sabe que ella tiene razón, pero también sabe que lo que ella quiere es imposible.
–Antonio, dime la verdad. ¿Crees que podemos tener algún futuro juntos? –le pregunta Inés mirándole a los ojos a Antonio.
Él baja la mirada y se acerca de nuevo a la ventana. Inés lo entiende. Se dirige a su mesa, recoge su bolso y se marcha.
Al salir a la calle Inés no sabe qué hacer. Ve a un grupo de gente alrededor de un indigente. Algo le pasa al hombre, pero no tiene humor para preocuparse por eso.
Tras andar unos minutos sin saber ni a dónde ir, Inés decide que tiene que hablar con alguien de todo esto, así que va a la peluquería donde trabaja su amiga Cristina, la única persona que sabe lo suyo con Antonio. Ella le podrá aconsejar, o al menos eso espera.
Al llegar a la peluquería Inés tiene suerte, pues Cristina está libre y le puede arreglar el pelo mientras hablan. Inés le resume la conversación que acaba de tener con Antonio y le confiesa que está dispuesta a dejarle, a dejar su trabajo con él.
–Pero, si dejas ese trabajo, ¿de qué vas a vivir? –le pregunta Cristina preocupada.
–No lo sé. No lo sé. Pero no puedo seguir así y, como ves, él no va a hacer nada por cambiar nuestra relación. No quiere separarse de su mujer.
–Sí, no me esperaba otra cosa de él. Ya te lo he comentado en alguna ocasión. Liarse con un hombre casado y con hijos es lo que tiene. Piénsalo bien. Necesitas ese empleo. Quizás lo mejor sea que sigáis como hasta ahora, por lo menos hasta que encuentres otro trabajo.
Inés se queda en silencio. Sí, tal vez sea esa la única solución.

lunes, 30 de julio de 2018

Vidas cruzadas (18)

Las 16:00.

Nada más cerrar la puerta, Inés, la secretaria de Antonio De la Parte, vuelve a entrar en el despacho de este.
–Siento haberme enfadado antes, Inés –dice Antonio mientras le acaricia el brazo–, pero lo que quieres es imposible. Tengo hijos pequeños.
–Lo sé, Antonio, pero yo no puedo seguir así, viéndonos a escondidas y trabajando a tu lado todos los días. Llevamos ya un año juntos y estoy segura de que no quieres a tu mujer.
–Pero no se trata de eso, Inés. Ya sabes que a quien quiero es a ti. Pero ahora no puedo ni plantearme un divorcio. Sería mi ruina, y ella se quedaría con los niños y con la casa. ¿Qué quieres que haga? Tienes que entenderlo.
–Pero le puedes plantear un divorcio amistoso. Podríais llegar a un acuerdo para que tengas la custodia compartida de los niños.
–¿Estás loca? Mi mujer no aceptaría eso jamás, y menos si le pido el divorcio porque me he enamorado de otra mujer. No quiero ni imaginarme cómo se pondría si se enterase de lo nuestro.
–Pues no se lo digas. Lo seguiremos manteniendo en secreto hasta que termine todo el trámite. Luego ella verá como algo normal que tengas una nueva pareja.
Antonio duda. Se dirige a la ventana y se pone a mirar la ciudad. No sabe qué hacer. Quiere a Inés de verdad, pero no se atreve ni a mencionarle a su mujer la palabra divorcio. La idea de no poder ver a sus hijos le aterra. Se gira y se acerca de nuevo a Inés.
–Pero Inés, mi vida –le dice cogiéndole de las manos–, ¿no ves que es mejor seguir así, como hasta ahora? Nos podemos ver todos los días, incluso algunos fines de semana enteros. A mi mujer no le preocupa que yo viaje mucho por trabajo, y eso nos permite viajar juntos a menudo. Estamos bien así, ¿por qué estropearlo?
Inés se aparta de él.