sábado, 9 de junio de 2018

Vidas cruzadas (14)

Sí. Carlos sabe bien cómo se pone. Desde hace muchos años lo sabe muy bien. No lo puede olvidar nunca, y si alguna vez lo olvida ahí están algunas cicatrices por su cuerpo para recordárselo. Carlos no recuerda cuándo empezó a pegarle. Cuando era pequeño eran felices los tres. O al menos ese es el recuerdo que tiene de su infancia. Él y sus padres. Felices, dichosos. Pero desde que su padre empezó a beber más de la cuenta, cuando cerraron la fábrica, cambió todo.
Fue al de poco de irse al paro, y por eso su madre no dijo nada. El padre de Carlos llegó borracho y con toda la pinta de haberse peleado con alguien. Y seguramente se había quedado con las ganas de zurrarle al otro, pues al llegar a casa se empezó a meter con Carlos y con su madre y acabó dándole un puñetazo al niño, quien no pudo pegar ojo en toda la noche entre la humillación y los gritos de sus padres. Después, ya una vez traspasada la línea, al padre de Carlos le era cada vez más fácil encontrar una excusa para pegar a su hijo. Y Carlos había cambiado mucho, para desesperación de su madre, a quien, ya perdido el marido, le dolía intensamente perder al hijo.
Carlos intenta justificarse por lo del colegio. Sabe que su madre lo puede llegar a entender, porque es difícil para ella, es difícil para los dos vivir así, con miedo, con rabia, con impotencia.
Su madre intenta arreglar las cosas en el colegio. Quiere que Carlos llame a su profesora para pedirle disculpas, pero él está demasiado enfadado para hacerlo, al menos por ahora. Así que es ella la que llama, ella la que prefiere humillarse por el bien de la familia.
–Soy la madre de Carlos. Ya me ha contado lo que ha ocurrido hoy y está muy arrepentido. Él dice que ha sido Ud. injusta con él, que él no había sido, que Ud. se ha equivocado. De todas formas le pide perdón por haberle faltado al respeto. No volverá a ocurrir. Pero lo que sí que le digo es que tenga Ud. también un poco de paciencia y que sepa aguantar al niño. Mire, en casa tenemos problemas, y así es difícil que se pueda concentrar en el Colegio. Solo le pido un poco de paciencia y que no la tome siempre con él. Si le diera una oportunidad… Él es un buen chico, ya lo verá. Sé que lo más fácil es echarle siempre la culpa a alguien, pero ¿por qué tiene que tenerla siempre Carlos? Es que los demás son todos unos benditos… Oiga, a mí no chille, que yo no la he chillado, pero..., pero...

martes, 5 de junio de 2018

Vidas cruzadas (13)

Las 13:00.

Carlos entra por la puerta de su casa. Su madre le saluda con un grito desde la cocina. Sin contestarle, Carlos se mete en su habitación, tira la mochila con los libros sobre la cama, coge la consola de los videojuegos y se pone a jugar compulsivamente. Carlos tiene catorce años. Es hijo único y no tiene muchos amigos, y los pocos que tiene no le gustan a sus padres, aunque su madre los tolera mejor. Con su madre se puede hablar, pero Carlos es incapaz de mantener una conversación con su padre sin que termine en una bronca.
Su madre insiste y finalmente Carlos sale de su cuarto y va a la cocina. Mientras su madre acaba de hacer la comida, él pone la mesa. La pone en silencio, callado. Su madre lo nota. Algo le ha pasado. Le pregunta y Carlos se pone a hablar atropelladamente, aguantando los sollozos a duras penas.
–Había unos policías en la esquina. Creo que estaban echando a un viejo de una tienda. Parecía un vagabundo. –Sí. Lo único que le resta ya es vagabundear de aquí para allá. Antes nunca lo hacía. Cuando salía con su mujer y su hija sabía bien a dónde iban, y allá donde iban eran siempre bien recibidos por los más poderosos. Entonces eran felices, pero eso ya pasó, aunque en su cabeza sigue existiendo esa felicidad, una felicidad que le llama, que le quiere con él, que le pide que deje todo y que le siga él también, con ella, con ellas, pronto, ya. Pobre hombre–.
Carlos sigue hablando, aturullado, hasta que al final estalla.
–Joder, yo no había hecho nada, había sido el bocazas de Felipe, que siempre mete la pata, y claro, las culpas siempre para mí. Joder, yo estaba callado, yo no había hecho nada, Felipe empezó tirando las tizas, y el bobo de Alfre, que estaba a mi lado, fue el que le llamó cabrón, no yo. Pero ella, la “ricitos”, la muy... Hala, expulsado el Carlos, que es el que la arma siempre, según ella. Pero, joder, esta vez yo no había sido. Luego, sí, bueno, luego la llamé imbécil, pero, es que, joder, me cogió de la oreja, la muy... Pero le pedí perdón, y le dije que yo no había hecho nada, pero se puso como una histérica y me llevó donde el director. Me han expulsado por dos días y me han dicho que a la próxima será definitiva.
–¿Cómo que te expulsan del colegio? Joder, Carlos, siempre me estás complicando la vida. A quién se le ocurre llamarle imbécil a una profesora. Y no me vengas con eso de que tú no habías hecho nada. Nunca haces nada, pero estás siempre metido en todos los líos del colegio, no sé cómo te las arreglas. ¿Pero qué coño te pasa? ¿No puedes pasar un día sin meterte en un lío, o qué? ¿Tan difícil es? ¿Tanto te cuesta estarte quietecito y no entrar a todos los trapos? No, no digas nada, que estás mejor calladito. Voy a llamar al colegio a ver si arreglo esto antes de que venga tu padre, que ya sabes cómo se pone.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Vidas cruzadas (12)

Menos mal que Manu es un buen estudiante y está sacando sus estudios adelante sin complicaciones. Puede que en el futuro le sirvan para algo, pero ahora, a pocos meses de graduarse, Manu sabe que el año que viene seguirá repartiendo propaganda por cuatro perras, aguantando los ninguneos de tantos y tantos vecinos a los que Manu debe molestar para poder trabajar, a los que Manu para sus adentros pide perdón cada vez que toca un timbre y agradece infinitamente cada vez que le abren la puerta y le ayudan a que termine antes el reparto.
Manu recuerda su primer día de trabajo. Con miedo y con la ilusión de saber que horas después cobraría lo suficiente como para poder ir al concierto del sábado con sus amigos, Manu se lanzó a la calle con su macuto lleno de pasquines de un supermercado. Llegó al primer portal y tocó un único timbre. Nadie respondió. Apretó un segundo y tampoco habló nadie al otro lado. A la tercera llamada una señora contestó con voz enfadada y al saber que solo era un repartidor de propaganda le contestó que no abrían a nadie por motivos de seguridad. Aquel día Manu solo cobró la mitad de lo esperado, pues no tuvo tiempo de completar la ruta. Poco a poco, al quitársele el miedo a molestar según le apremiaba la necesidad del dinero, Manu aprendió los trucos del oficio y se convirtió en repartidor publicitario profesional. Y así hasta hoy, y hasta mañana, y hasta no se sabe cuándo.
Tras terminar por hoy el reparto, se dirige a cobrar rápidamente para poder comer pronto y acabar de corregir el trabajo para la profesora. Según va para su casa, junto al almacén de su jefe, observa a una pareja de policías hablando con algún viejo tirado en un portal –¡Que ya se marcha, que ya se marcha! Se marchará para siempre antes de lo que pensáis vosotros, que no soñáis más que en dejar de verle por ahí, afeándoos las calles. ¡Ay! ¡Cómo deseabais entonces que se os acercara, que entrara en vuestras tiendas, que pudierais decir que ese hombre era amigo vuestro! Ya no os acordáis de él. Tanto ha cambiado. Tanto ha cambiado–.
Manu olvida rápidamente al viejo y a los policías. Ya tiene la cabeza bastante ocupada con lo suyo, con lo suyo y con lo de su madre, que también es lo suyo. Su madre está orgullosa de él. Un hijo que estudia y que trabaja y que no pide dinero en casa es un hijo del que cualquier madre se sentiría orgullosa. La madre de Manu es una mujer muy guapa, pero la vida la ha tratado muy mal y la ha baqueteado demasiado. ¿Cómo iba Manu a complicarle aún más la existencia? Él le debe todo a ella, le debe la vida, le debe el amor, le debe el cariño. No será él quien le provoque más dolores de cabeza, más preocupaciones, más disgustos.
Por fin Manu entra a todo correr en el portal, pues ya va con retraso, y casi tropieza con Carlos, el niño de su vecina, que llega del colegio con cara de mala leche.

jueves, 26 de abril de 2018

Vidas cruzadas (11)

Las 12:00.

–Propaganda. Me abre por favor. Gracias.
Las doce ya y Manu no ve el momento de terminar de trabajar por hoy. Lleva desde las seis levantado. Estudiar, desayunar, ducha, más estudiar, salir al trabajo, coger los folletos, correr a su zona, llamar a mil timbres, decir mil veces gracias, introducir dos mil folletos en dos mil buzones, volver al almacén, cobrar una miseria, correr a casa, comer algo, correr al autobús, llegar a clase, escuchar a muchos profesores estúpidos, disfrutar con unos pocos profesores inteligentes, correr al autobús, llegar a casa, cenar, estudiar y dormir. Así todos los días durante cuatro años. Menos mal que este es el último. Menos mal que ya termina la carrera. Así, el año que viene seguirá repartiendo propaganda, pero al menos no vivirá con tanta prisa siempre. Igual hasta podrá salir con sus amigos alguno de los jueves que organizan alguna cenita. Y quién sabe si no encontrará un trabajo mejor, algo que le permita por lo menos trabajar sentado, en un sitio caliente, sin tener que correr bajo la lluvia, cuidando de que no se mojen los folletos que son lo más importante hasta que los mete en los buzones. Lo que ocurra con ellos después ya no le importa a Manu, eso es cosa de los publicistas que los han diseñado. Si van todos a la basura es que los publicistas son malos, si algunos son leídos y guardados es que los publicistas han dado en la diana. Bien. Mejor para él, así le darán más folletos para repartir.
Después, tras encestar unas decenas de folletos en el panal de buzones donde en lugar de jalea real se implanta la semilla del consumismo, Manu sale del portal corriendo, no tiene tiempo que perder. Ayer llegó tarde a una clase por culpa de retrasarse en su recorrido, y no pudo entregar un trabajo a tiempo y ahora depende de que la profesora se lo admita con un día de retraso.
Hoy, por suerte, su madre le ha podido dejar la comida hecha desde la mañana, ha tenido tiempo porque su jefe está enfermo, y así si llega un poco tarde no pasa nada. Así que Manu va corriendo, como siempre, pero tranquilo, como pocas veces.
Manu se acuerda de cuando empezó la carrera. Pensaba que sería alguien importante con un título universitario, con un buen trabajo y con un buen sueldo. Nunca le ha importado tener que repartir propaganda para tener dinero para sus gastos, para no tener que pedírselo a su madre, que bastante tiene ella con el desagradable de su jefe y con todo el tema del divorcio. Bueno, divorcio, el asunto ese que quita el sueño a su madre desde que su padre se largó de casa sin decir ni mu. Porque si al menos se divorciaran legalmente, él, el padre de Manu, estaría obligado a ayudar a su madre, no como ahora, que se largó sin más, y ¡que le echen un galgo!

sábado, 14 de abril de 2018

Vidas cruzadas (10)

–Sí, mañana regaré las plantas del balcón grande, mujer. Siempre toca los lunes, ya lo sé, pero como el sábado llovió tanto, pues no las quiero anegar, que luego se estropean. Las plantas son como el amor, hay que regarlas pero no ahogarlas. Ya te he llevado el vestido azul a limpiar, como te gusta, a la lavandería de abajo, donde trabaja la hija de Miguel, la pequeña, la que se casó el año pasado. No. No tiene hijos todavía, mujer, que ahora no es como antes, ahora se casan ya conocidos y prefieren no tener hijos para disfrutar del matrimonio, no como antes, que si no os quedabais embarazadas a la primera ya creíais que no valíais para ser madre.
>>Por cierto, ayer vi a tu prima Felisa. Sigue tan guapa como siempre. Pero no tengas celos, mujer, que la más guapa siempre fuiste tú, ya lo sabes. Cuando nos hicimos novios fui la envidia de todos mis amigos. “Te llevas lo mejor. Te llevas lo mejor”, te acuerdas como me decía el Anselmo el día de nuestra boda, je, je. Y era normal, con lo guapa que estabas con el vestido de tu madre, tan lozana, tan joven, con aquellas flores en el pelo, que olían tan bien. Sí, me acuerdo como si fuera hoy. Y la envidia que pasó Puri, tu vecina, que se creía la reina del mambo y se quedó soltera. Tenía que haberle dicho que sí a aquel novio que tuvo, ¿cómo se llamaba?..., vaya, no me acuerdo, debo de estar haciéndome viejo. Bueno es igual, tenía que haberse casado con aquel, pero como ella creía que no era suficiente para ella, pues, ya ves, nunca llegó ese suficiente, y sola toda la vida. ¿Ya te dije que se murió hace un par de años? Sí, me lo dijo Antón, el párroco. Se murió en la residencia, pero desde hacía unos cinco años que ni se acordaba de quién era. Pobrecita, que Dios la perdone por ser tan envidiosa.
>>¡Ah! Mañana vendrá a verme por fin tu nieta. Qué ilusión me hace que ya esté en la universidad. Tan guapa y tan lista. Su padre está que no se lo cree. ¡Su hija estudiando Derecho! Él, que siempre tuvo complejo de ser solo un bedel del palacio de justicia, y ahora, ya ves, para cuando se dé cuenta allí estará su hija hecha toda una abogada, la abogada más guapa de todas, que en eso se parece a ti, con tus ojos y tu sonrisa. Ahora viene menos por aquí, está muy ocupada con sus estudios y eso. La última vez que estuvo se probó uno de tus vestidos y cuando salió de la habitación casi me da un pasmo al verte a ti con veinte años. Me dijo que ahora se vuelven a llevar, pero no le dejé que se lo llevara, me dio no sé qué, sin tu permiso. Aunque la verdad es que le sentaba divinamente. Igual se lo regalo para su cumpleaños, si no te parece mal.
Don Andrés vuelve al libro. Son quince años ya desde que enviudó, pero todos los días habla con su mujer y eso le mantiene feliz, le mantiene joven, pese a sus casi noventa años. Siempre pensó que sería él el primero en irse, y siempre creyó que no podría vivir sin Elena, sin su Elena del alma a la que quiso tanto. Pero la vida sigue, y Don Andrés supo sobrellevar su soledad viviendo como si aún estuviera ella. Y sí que lo está, pues Don Andrés mantiene su presencia en todo lo que le rodea en su casa, y existiendo presencia es como si ella estuviera allí, con él, a su lado, juntos hasta el final.
Don Andrés sigue leyendo. Es una historia un poco boba, pero le resulta interesante y le mantiene ocupado unas horas. Pero el timbre del portero automático le sobresalta cuando la novela se empieza a poner interesante.
–¡Ya va, ya va! Dichosos cacharros, no sirven más que para molestar. Cualquier día lo quito y... Bueno, espero que sea algo importante, aunque seguro que es alguien que se ha equivocado o alguien echando propaganda y que nos molesta a todos los vecinos para que le abramos la puerta. ¡Ya va, ya va!...
–Sí, ¿quién es?

martes, 3 de abril de 2018

Vidas cruzadas (9)

Las 11:00.

Con un paso lento pero bastante seguro para su edad, Don Andrés sale de la lavandería con el vestido de su mujer en una mano y el bastón de apoyo en la otra.
Don Andrés siempre ha sido un señor, y un señor muy elegante. De joven fue un dandy y un galán, pero pese a que no le faltaban muchachas que le rondaban, él prefirió casarse con su amor de siempre, con su novia de la infancia, Elena, con la que ha vivido enamorado tantos y tantos años. Incluso cuando sus negocios le llevaron a vivir dos años en América, separado de su entonces novia y rodeado de las hijas de importantes hombres de negocios que veían en él a un buen partido por su situación y por su presencia tan exquisita, Don Andrés no dejó de pensar en su Elena, a la que no dejó de escribir una sola semana de aquellos larguísimos dos años que soportaron el uno sin la otra y la otra sin el uno.
Don Andrés sale sonriente con el vestido de su esposa impecable, como cuando se lo regaló en sus bodas de oro. Nada más salir de la lavandería, Don Andrés se detiene solemne, saca su monedero de piel y deposita con delicadeza un buen puñado de monedas junto al vagabundo que come pan –Dinero, dinero,... Dinero es lo que le sobraba. Mejor cariño, el cariño de su hija, el cariño de su esposa muerta, de su esposa que le quería tanto y que se fue así, de pronto, sin que él estuviera preparado, sin que se acostumbrara nunca a aquello–.
El vagabundo no le dice nada, apenas si se ha percatado de la presencia de Don Andrés, al que no le importa si le agradecen o no lo que hace cuando él cree que tiene que hacerlo, como es ahora el caso al ver a un hombre casi de su edad viviendo en la calle. Él se sabe afortunado. Está a punto de cumplir noventa años y goza de buena salud. Vive en una bonita casa y algunos de sus amigos de toda la vida aún viven y pueden charlar de vez en cuando de los tiempos pasados. Por eso le da lástima ver a alguien de su edad en la calle, con la cabeza averiada y sin nadie con quien hablar de tú a tú, de viejo a viejo.
Al llegar a casa, Don Andrés deja el vestido en el armario, junto a los demás. Abajo, bien ordenados, todos los zapatos de su mujer descansan para siempre listos para ser utilizados, listos para pisar la calle con garbo, como hacía ella, como ya no lo hacen desde hace quince largos años. Después Don Andrés se quita su chaqueta y su corbata, las guarda cuidadosamente y se pone el batín y las zapatillas, como hace siempre hasta la hora de comer, cuando bajará al bar a por su menú especial y su vaso de vino. Don Andrés se sienta en su sofá, coge un libro y comienza a leer por la página en la que descansa el marcador. Apenas ha leído un párrafo cuando su mente se distrae de la historia y se pone a hablar él solo.

martes, 20 de marzo de 2018

Vidas cruzadas (8)

La vecina de Elvira se queda encantada con el niño. Ella tiene tres hijos ya mayores y cuidar de un bebé es algo que le encanta. Además así tiene algo que hacer diferente a limpiar y cocinar para su marido y sus hijos.
Elvira sale corriendo hacia la lavandería. En el portal se encuentra con la chica, a la que no le da tiempo ni de soltar sus estúpidas explicaciones del porqué de su retraso. Elvira corre, corre todo lo que puede, y aún así llega un cuarto de hora tarde, aunque hoy tiene la fortuna de que su jefe aún no ha llegado. Menos mal. Tal vez se atreva incluso a pedirle la tarde libre para poder llevar al niño al pediatra.
Nada más entrar se cambia de ropa y sale a atender a una clienta. Mientras charla con ella, ve a un vagabundo comiendo un pedazo de pan junto a la puerta de la lavandería –nunca nadie le preguntó por su mujer y su hija, tan guapas ellas, tan enamorado él, ¿por qué tuvo que ocurrir así?–.
Elvira deja las prendas recién traídas para lavar y llama por teléfono a su vecina ahora que no está su jefe. El niño ha dejado de llorar y eso la tranquiliza. Cuelga rápido pues ve que él está a punto de entrar. Él no es un jefe amable, aunque tampoco es demasiado malo. Elvira los ha conocido peores. Pero es el primer trabajo que encuentra tras el nacimiento del niño, y no puede arriesgarse a perderlo.
Hubo un tiempo en el que Elvira fue muy feliz, cuando salía con Luis, su antiguo novio del pueblo, su novio de toda la vida. Pero aquello terminó. Luis se fue a estudiar a otro lugar y el tiempo pasó. Pasó irremediablemente y las cartas semanales se convirtieron en una postal por Navidad y finalmente el humo de la hoguera del amor se desvaneció en el aire. Elvira se sintió triste, y aún sigue así, aunque su niño le llene ahora totalmente.
Elvira no lo sabe aún, pero sus problemas no acaban sino empezar. Una madre lo es para siempre, hasta el final de su vida, o hasta el final de la vida de su hijo si una desgracia hace que el hijo muera antes que la madre. Y aun así, ella seguirá siendo madre, pensará en su hijo muerto siempre, y se preocupará por lo que pudo haber hecho en vida y no hizo, o por lo que hizo y no debió hacer.
Un anciano interrumpe los pensamientos de Elvira. Le entrega el resguardo y Elvira le trae un vestido de mujer muy elegante que él había dejado para limpiar.